Por: Johana Ramirez

Caminando entre las calles de mi nuevo Gramalote, conté con tal sorpresa de encontrar una historia más. Una historia de esas que te llenan, estremecen tu alma y al final se ganan tu admiración.

Antonio es un caficultor de Gramalote y toda la vida había favorecido su situación económica trayendo la cosecha a su pueblo, hasta ese 17 de diciembre del 2010 cuando una tragedia destruyó el casco urbano y se vio afectado fuertemente. Yo no lo había vuelto a ver, hasta ese 26 de marzo del 2017.

El nuevo Gramalote se vestía de fiesta en su primer mercado campesino y, mientras me dirigía a observar los productos, vi a lo lejos un viejo amigo, así que con gran alegría y los brazos abiertos me acerqué a él. Inmediatamente, me reconoció y correspondió a mi gesto con un cariñoso abrazo. -¿Qué ha sido de tu vida? ¡Cuéntame!-, le dije. El me invitó a que me sentara y sacó de uno de sus termos un vasito de café para él y otro para mí.

Decidí preguntarle a don Antonio sobre esos primeros años después de la destrucción de Gramalote y empezó a relatarme historia con todos los detalles. “Lo recuerdo como si fuera ayer. La decisión del lote me hizo dudar muchas veces y era una verdad difícil de comprender; además, había tanta desunión entre nosotros los gramaloteros que daba tristeza.”

Para todos los gramaloteros está en el recuerdo aquel enero del 2013 cuando anunciaron que el nuevo Gramalote se construirá en Miraflores. “Total respaldo a las decisiones técnicas que ha entregado el Gobierno Nacional, a través del Fondo Adaptación sobre la escogencia del lote en la vereda Miraflores, dieron este fin de semana habitantes de Gramalote quienes se reunieron en el terreno donde se reconstruirá el nuevo casco urbano”, así rezaba la prensa de ese entonces.

Antonio, como de costumbre, leía las noticias sobre el avance de su pueblo. Los días eran muy complejos, pues su economía dependía del casco urbano del municipio, donde vendía sus productos para el sustento de la familia: “Desde el 2010 las cosas se habían puesto muy difíciles y leer esa noticia sobre la selección del lote, me devolvió el alma al cuerpo”. Yo, entre risas, observaba esa expresión de entusiasmo con la que él me hablaba.

“El tiempo pasó volando”, me dijo. “Entre tanto problema del lote de aquí, del lote de allá, finalmente se dio una solución. Lo que queríamos los gramaloteros era tener a nuestro pueblo”.

Levantando mi vasito de café le dije -¿Y qué hay de esto?- Entre risas, alegría y expresiones iluminadas de felicidad, sacó unos granitos de café de un costal y me dijo “Yo sabía que volvería a mi Gramalote, mi vida está aquí, mi negocio es este, mi familia siempre tuvo la esperanza de recorrer nuevamente las calles de mi pueblo y, mire nada más, quién diría que hoy estaría aquí. Estas calles, las casas, algo tan moderno, es un sueño hecho realidad… Esta mañana madrugué, como de costumbre y, mientras viajaba hacia este punto, me sentía completo, recordaba mis tiempos pasados y cada una de las dificultades. Es que Dios aprieta, pero no ahorca, por eso mi Gramalote vive y vivirá por siempre”.

En ese momento yo estaba tan o más feliz que don Antonio. Probar el café de mi tierra, una vez más, sí que me recuerda lo 100% Gramalotera que soy. Al finalizar nuestra conversación, Antonio me sonrió y dándome una palmadita en la espalda me dijo “Bueno mi chinita gramalotera yo la dejo, porque me llegaron clientes”. Lo abracé agradeciéndole por su tiempo y estrechó fuertemente mi mano, mientras me decía: “Lo importante fue que, entre tanto lote y lote, regresamos a Gramalote.” y respetuosamente me dio la espalda, para seguir mostrando sus productos en el mercado campesino.

… “Entre tanto lote y lote, regresamos a Gramalote”.